Euphoric! Laporta’s surprise after learning of the CDS decision in Saudi Arabia / Esport3
Sin duda, el indicador más fehaciente de que el segundo mandato de Joan Laporta en la presidencia del Barça estuvo al filo de lo imposible fueron esas ‘botifarres’ que ya se han convertido en virales después de que el Consejo Superior de Deportes (CSD) decidiera permitir al Barça inscribir de forma cautelar a Dani Olmo y Pau Víctor. El creador del “que n’aprenguin!”, el “¡al loro, que no estamos tan mal!” y el “madridismo sociológico” tuvo a bien aportar al acervo común del barcelonismo esos cortes de manga y, según testigos presenciales, una colección de insultos (“hijos de puta” y “sinvergüenzas”), patadas y golpes en el palco del estadio de Yeda donde el Barça jugó, y ganó, las semifinales de la Supercopa contra el Athletic de Bilbao. Tanta vehemencia, tanta rabia, tanta alegría revanchista, solo se explican por la magnitud del desastre si los dos jugadores no hubieran podido ser inscritos, aunque sea de forma cautelar.
En este trance está instalado el Barça, de prórroga en prórroga, como quien financia tarjetas de crédito con otras tarjetas de crédito, celebrando cautelares de organismos gubernamentales y pasando cuentas con enemigos que varían según los lances. Javier Tebas, crucial en la estrategia de las palancas, es hoy de nuevo el diablo. El Gobierno (el CSD está adscrito al Ministerio de Educación) no debe de formar parte de ese “madridismo sociológico” que Laporta tanto ha denunciado, porque de lo contrario ha perdido una oportunidad de oro para destruir la presidencia de quien sus fervorosos seguidores consideran que es el barcelonismo hecho hombre y única esperanza del club. Raro, porque el Madrid, ya se sabe, no suele perdonar cuando se trata de rematar al Barça…
Los destinatarios
De todas formas, no parece que los vehementes cortes de manga estuvieran dedicados a Tebas, al Madrid, a la LFP, a la RFEF ni a los clubs que denuncian trato de favor hacia el Barça o a las aficiones que en cada campo van a recibir al equipo de uñas. Ni siquiera a la prensa madrileña y madridista, la caverna o la central lechera. Más bien, como ha escrito Emilio Pérez de Rozas en El Periódico, parecían dirigidos a aquellos que consideran que ha llegado el momento de que Laporta abandone la presidencia del Barça. A la llamada oposición, a los socios que levantan la voz, a los que promueven y publican comunicados, a quienes amagan con mociones de censura, a los que envían whatsapps de indignación y vergüenza a los periodistas que conocen, a los comentaristas críticos, a los tertulianos díscolos, a aquellos profundamente preocupados por el futuro del club. A barcelonistas, en definitiva.
Es marca de la casa de todo populismo que se precie: el peor enemigo es el interno; el líder es mesiánico y providencial (“Ganas de volver a veros”) y es la nación hecha carne, en este caso el club; la crítica interna es quintacolumnista, los disidentes son traidores, falsos patriotas, antibarcelonistas, madridistas encubiertos. El populismo, y el autoritarismo junto a él, crece en el magma del ‘ellos’ contra el ‘nosotros’ y florece en el maniqueísmo y el pensamiento único. A juzgar por las ‘botifarres’ y el ruido generado desde el 31 de diciembre, barcelonistas de verdad solo quedan en el mundo un puñado: el círculo íntimo de Laporta, los socios que lo votarían otra vez y el ejército de trolls (muchos de ellos bots programados con estupidez artificial) que acosan e insultan en redes a los críticos. Dado que el fútbol es elemental, muy primario, en sus usos y costumbres, la versión balompédica del populismo es descarnada, simplona, fácil, brutal, mucho menos sofisticada que la política, que tampoco es que sea muy intelectual. Como las discusiones de bar por un penalty entre cubatas de vaso de tubo, como liarse a patadas y golpes con el mobiliario de un palco en un estadio de una dictadura árabe.
Carnets de buenos y malos
Ha escrito Hugo Scoccia en Sport: “A mí lo único que me importa es el juego de mi equipo y el resultado del partido, pues entonces, durante los noventa minutos que dura el encuentro, la unión es compartida”. Tiene razón. Por este motivo es tan divisivo y corrosivo para un país o una entidad el populismo: porque al repartir carnets de buenos y malos debilita a quien tanto dice amar.
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Esas ‘botifarres’ en Yeda no solo retratan a un presidente y a una presidencia; dañan al Barça, porque lo ridiculizan y lo empequeñecen.

