The snake and the hedgehog, by Josep Maria Fonalleras

Cuesta no escribir todos los días sobre Palestina. Estar pendiente de trifulcas domésticas o de frivolidades deportivas cuesta, porque en el fondo piensas que no hay nada más trascendente que hacerse eco de la ignominia, de los casi 30.000 muertos desde el 7 de octubre, del más de un millón de desplazados, arrinconados en Rafá, objetivos ahora de una especie de ataque definitivo y, en el mejor de los casos, víctimas de un viaje hacia ninguna parte, rodeados, sometidos. Cuesta y, al mismo tiempo, piensas que no dirás nada nuevo, que solo queda la opción de un grito que roza la mudez, que solo es expresivo por el gesto, por la sujeción a un imperativo de orden moral. Cada nueva noticia, cada una de las informaciones sobre niños asesinados, sobre soldados israelís que demuestran prepotencia y que incluso ríen las gracias de un compañero que se jacta de haber hecho diana con la lanzadera de proyectiles contra un edificio medio en ruinas, cada episodio del conflicto, de la guerra, es un guantazo a las conciencias, incapaces como somos de entender cómo se puede llegar a unos niveles tan elevados de mezquindad, como se puede configurar con el horror la necesidad de la existencia. No podemos olvidar esta necesidad de Israel (ni las barbaridades perpetradas ese 7 de octubre), pero cada día es más nítido el propio proceso de destrucción (no sólo de los fundamentos éticos, sino también de los políticos) que ha generado la ofensiva militar.

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