Las Palmas y el Málaga resumieron en la ida de la semifinal de promoción de ascenso la temporada descrita por ambos. Para satisfacción boquerona y desazón insular. Los amarillos, parsimoniosos hasta decir basta con pases al pie, sin ideas para elaborar el fútbol y, pese a jugar en casa, replegados a partir de la medular. Los blanquiazules, dueños del balón, con secuencias rápidas en busca de espacios y diversas opciones para superar la presión rival, máxime si es tan timorata como la de la UD. Sí, es posible disponer de un repertorio creativo para prosperar con el balón. Por contra y en ausencia de Barcia, Mika Mármol es el único recurso en la gestación insular, algo que ya sabe todo el mundo y, por eso, Funes ordenó taparlo y dejar que construyera Álex Suárez, lo que no está entre sus virtudes. Mientras, Fuster y Kirian se desesperan a ver si, de milagro, les llega un balón. Así ha sido durante la Liga, salvo oleadas sin orden, y de ahí el suspenso final del ascenso directo y la mala nota parcial de la promoción.
[–>[–>[–>Lo visto en el Gran Canaria es lo que hay, no lo que debió haber. Una mera continuación de la Liga regular. Ahora el argumentario dicta apelaciones al optimismo, más bien milagro. Se olvida que el juego sitúa a cada uno en su sitio, que no es el soñado, sino el que impone la realidad. Y la realidad dicta que el fútbol suele premiar a quienes no lo desprecian, ansían ser protagonistas y ofrecen espectáculo. Aun así, a veces es injusto y premia la racanería. A esta UD solo le queda soñar con que el miércoles en Málaga haya una excepción, que las hay.
[–>[–>[–>En la primera parte, los boquerones dieron un recital de lo que debe ser la posesión cuando se adereza con influencia atacante por dinamismo y ocupación de espacios. En apenas siete minutos, Chupe ya había puesto dos nudos en las gargantas locales. La primera sensación de peligro amarillo se hizo esperar hasta el minuto 35 en un remate muy forzado de Fuster que Herrero atajó sin más. En la reanudación, los de Luis García insinuaron brío en los primeros minutos, hasta que Larrubia, inalcanzable durante toda la contienda, anotó el 0-1. Poco antes, Joaquín había perdonado. A partir de entonces, la UD plana de siempre y empeorada con los cambios, enfado apoteósico de Jesé incluido al ser sustituido. El Málaga fue sumando posibilidades de sentenciar, la más clara, una salvada de Horkas a Brasanac cuando ya el estadio se vaciaba cabizbajo.
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Se enfrentaron dos modelos de juego y gestión, más que dos equipos. Con el hándicap para la UD de que los modelos tienen vocación de continuidad, mientras que los equipos son eventuales. Este Málaga tiene como prioridad el ataque (tercer equipo más goleador de la Liga). A Las Palmas le obsesiona la fase defensiva y deja el ataque para el balón parado, las contras o acciones individuales, no para un plan dinámico y vertical. En cuanto a la gestión, el club blanquiazul apuesta de verdad por la cantera, con casi una quincena de jóvenes, 13 de ellos ya renovados, y con un entrenador forjado en la Academia Málaga CF al que dieron el timón cuando en la jornada 14 estaban igualados con los puestos de descenso. En el club amarillo, los jóvenes canteranos no llegan al primer equipo, ni tampoco los entrenadores de la casa. Vale que ningún modelo garantiza éxito, pero al menos uno genera identidad, que no es poco, tan solo sea por respeto a la historia. El otro ofrece más de lo mismo.
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