Se equivocó Gabi al asegurar que este era el día. De hecho, el técnico llegó a prometer que, si no se ganaba al Valladolid, la primera victoria no se demoraría más allá del choque ante un Albacete que, por supuesto, se marchó del Ibercaja Estadio sin un gol en contra después de haber encajado 13 en los cuatro partidos anteriores.
Negó tajantemente el técnico que la ansiedad anduviera por el vestuario. Y pregonó a los cuatro vientos que no había motivos para preocuparse y mucho menos para encender alarmas o fruncir el ceño más de la cuenta. Pero también en eso se equivoca el madrileño, cuyo esfuerzo por transmitir seguridad y confianza se está volviendo en su contra. Porque el Real Zaragoza no le gana a nadie. Ni a recién ascendidos, ni a buenos, ni a regulares. Ni mereciéndolo más o menos. Tampoco al más goleado de Segunda en mucho tiempo. Es pronto sí, pero la falta de triunfos siempre suponen un motivo de preocupación. Y más si acarrean un anclaje en la zona de descenso, esa a la que se prometió no volver.
Los tres raquíticos puntos que suma el Zaragoza tras las cinco primeras jornadas ya suponen el peor arranque liguero, en solitario, desde el último descenso tras haber dejado atrás los inicios de la 22-23 y la 13-14. Y de eso no tiene la culpa ni los árbitros ni el VAR, que anuló un penalti y un gol en el que la tecnología, esa que tarda cinco eternos minutos en dictar sentencia, encontró una mano pegada al cuerpo y un fuera de juego.
Pero mal harían Gabi y los suyos en señalar a la pantalla, a este árbitro o aquel cuando apenas es capaz de tirar una vez entre los tres palos en 100 minutos de juego ante el rival más vulnerable y frágil de la categoría y después de haber sido incapaz de ganar un puñetero partido ante su gente, que merece tanto respeto de los árbitros como de su equipo. Y, de momento, lo único que tiene es una crisis de ansiedad de elefante. De esa que no había por ningún lado, sí.
Da la sensación de que el Zaragoza dedica mucho más tiempo a conocer al rival que a sí mismo. Reconoce Gabi que las características del adversario de turno adquieren una considerable relevancia en la planificación y el diseño del plan y las alineaciones de su equipo. Está bien eso de adaptarse al otro, sí, pero siempre bajo la premisa básica de conocerte bien a ti mismo, saber a lo que juegas y tener un estilo y una personalidad bien definidos. El mayor daño que se le puede hacer a un oponente es tener claro cuál es tu mejor golpe y dónde residen los puntos débiles. De ambos, no solo del otro. Y este Zaragoza en proceso embrionario y por hacer está todavía lejos de tener un concepto claro de sí mismo, lo que repercute directamente en su falta de identidad, sin duda, la cuestión troncal de todo esto.
Así que menos señalar al de al lado o al de enfrente y más tirar de autocrítica y reconocer que el comienzo está siendo ruinoso, como bien confirma la historia reciente y aunque se asegure a pies juntillas que el camino a seguir pasa por la línea trazada. No. El Zaragoza, como admite su entrenador, necesita ganar ya, por encima de sensaciones (que tampoco son tan buenas como se vende), méritos o polémicas arbitrales. Hay ansiedad, sí. Y crisis, también. De hecho, una cosa va de la mano de la otra.
