El marcador de El Molinón ayer no mostraba goles, ni minutos, ni tarjetas. Solo una palabra bastaba para llenar el estadio: socios de honor. Eran ellos los protagonistas, aquellos que gritan, ríen, lloran y viven el sportinguismo desde hace medio siglo. Los mismos que en 1976 fueron inscritos por un padre, una madre o un abuelo, y que hoy acuden al campo con sus nietos para seguir pasando un legado que no entiende de categorías ni de resultados, sino de alma.

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