Lo de Lamine Yamal no es normal. Ni por el talento, ni por la capacidad que tiene para gestionar la presión a su corta edad —y todo lo que se habla de su vida privada—, y ni mucho menos por la forma en la que decide partidos con una naturalidad que asusta. En un fútbol donde lo extraordinario dura poco, el de Rocafonda parece haber llegado para quedarse. 18 años tiene la criatura, y ya apunta a quedar muy arriba en la lista del Balón de Oro.

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