La Copa del Mundo, más que ninguna otra competición es, entre otras cosas, además de un negocio y un gran espectáculo, LA competición que crea mitos, descubre estrellas y convierte a muchachos y no tan muchachos, como es el caso de Julián Quiñones (29 años, Magüí Payán, Nariño, Sur de Colombia), en auténticos héroes que, en cuestión de horas, aparecen en millones de informativos y noticias.
[–>[–>[–>Es verdad, sí, que el deporte, tanto como la vida, produce historias tan enternecedoras y valientes como la del bueno de Quiñones. Alguien que nació en la nada, en el llamado ‘kilómetro cero del narcotráfico’, en la zona del mundo donde más hoja de coca se produce, en el punto donde, según todos sus habitantes, “o naces futbolista o no tienes más remedio que ser guerrillero o narcotraficante”.
[–>[–>[–>“Magüí Payán es un territorio olvidado por la nación”, señala Luis Eduardo Gómez, uno de los técnicos que vivió el arranque, de joven, del gran goleador colombiano, ahora estrella de la selección mexicana, autor del primer gol del Mundial y MVP del partido inaugural, además de máximo goleador de la PRO Saudí League, con 33 goles, por delante de Ivan Toney y el mismísimo Cristiano Ronaldo.
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Julian Quiñones celebrates the first goal of the 2026 World Cup for Mexico / RODRIGO OROPEZA / AFP
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Magüí Payán es un lugar para huir si quieres ser futbolista o cualquier cosa. Un departamento con casas de cartón, madera y hojalata. Un lugar donde los niños juegan descalzos a fútbol y donde el balón es cualquier cosa, menos una pelota. Ahí nació Quiñones, que creció sin conocer a su padre y con cuatro maravillosas mujeres que cuidaron de él, que cuidan de él, como son su madre Gloria, su abuela del alma Luisa María y sus dos hermanas.
[–>[–>[–>“Cierto, sí, jugábamos descalzos, pero era nuestra felicidad”, comenta Quiñones. “No había forma de sacarlo de la cancha, del rincón donde jugaba con sus amigos, no había forma, ni para ir a la escuela ni para volver a casa a comer”, explica Gloria, su madre que sigue rezando cada día para que su hijo, ahora rico, ahora famoso, ahora triunfador, “no cambie su mentalidad, su personalidad, su manera de ser y siga haciendo el bien allá donde esté”.
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Quiñones cuenta que no solo quería ser futbolista a toda costa, no, quería ser futbolista para sacar de la miseria a toda su familia “a todos los que pudiese”. Les suena esa historia ¿verdad? Por eso, en cuanto le dijeron que tenía que huir de Magüí Payan, se fue corriendo, descalzo, hasta llegar a Cali y someterse a prueba en una de las cunas futbolistas de aquel país, la entidad Fútbol Paz. Mejor nombre, imposible. Mejor cartel, inimaginable.
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[–>“En Magüì Payan, un lugar olvidado de Colombia, o naces futbolista o te conviertes en narcotraficante o guerrillero. Julián empezó jugando descalzo a fútbol y decidió que iba a salvar a su familia metiendo goles. Ese es Julián que acogió México”.
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“Pues sí, de pronto, llegó ese joven, con 15 años y le dijimos que se pasase al día siguiente, que organizábamos un partidito y podría participar en él”, explica el bueno de César Valencia, dueño y genio de Fútbol Paz. “¿Sabe qué hizo en ese partidito? ¡Metió cuatro goles, él solito! ¡Cuatro goles! Era evidente que acabábamos de descubrir un futbolista único”.
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“Yo lo único que quería era jugar, jugar, jugar y como mi obsesión ha sido siempre meter goles pues, eso, metía goles, pero porque en mí eso era, es, natural”, cuenta Quiñones, al que muchos llaman ‘El Gigante’ (1,85 metros). “Yo siempre he pensado que la bendición de Dios y los rezos de mis mujeres me han llevado hasta aquí, además del esfuerzo, por descontado, pero eso es natural en alguien que abandona la pobreza para tratar de hacer felices a los suyos”.
[–>[–>[–>Sonó tanto Quiñones entre la juventud colombiana, que, cuando cumplió los 18 años, Tigres, uno de los equipos punteros de México (luego pasaría por Venados, Lobos, Atlas, donde les llevó la felicidad tras 70 años de desdicha, América y acabó en el Al-Qadsiah, de Arabia Saudí) le llamó para probar. Y hacia allí volvó acompañado de su madre.
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Julián Quiñones, when he played barefoot in Magüì Payan, the town in Colombia where he was born. / EL PERIÓDICO
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“Era la primera vez que me subía a un avión, la primera vez que abandonaba mi pueblo, pero era por una buena razón, como finalmente acabó demostrándose”, explica Gloria, ahora feliz y acomodada rodeada de todos los suyos, que disfrutan de la fama y gloria de Julián, cuando decidió acompañar a su hijo a México. “A quien es buen hijo y Julián lo fue siempre, siempre, bien le va”.
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Quiñones es internacional con México, no solo porque su vida futbolística explotó en México, no, sino porque Colombia jamás se fijó en él. La esposa de Julián es mexicana, Ana Gabriela y la hija de ambos, Alama, también. Julián sigue teniendo corazón colombiano, pero solo México, únicamente México, creyó en el futbolista Julián Quiñones.
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Es por ello que Julián y sus mujeres han aparcado desde hace mucho tiempo los ataques, más en redes que en ningún otro sitio, de los que le acusan de traidor por abrazar la bandera de Colombia. No hace mucho hubo un tuit demoledor en las redes, firmado por Leireno Sotomayor, criticando a los críticos: “Julián Quiñones no le debe nada a nadie. Se ganó cada cosa que tiene desde que jugaba descalzo. Verlo con ‘la verde’ en un Mundial, en casa, es justicia poética para un hombre al que la vida le cobró todo por adelantado”.
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