Cuando Yeremay Hernández está juguetón se le nota. No hay que esperar nada. Dos chasquidos y las pistas son inequívocas. Si le tira el traje del partido, habrá fútbol, sí. Pero al genio ya va a ser más difícil encontrarlo, rastrearlo. Si, en cambio, nota la electricidad en ese primer contacto, esa complicidad con la pelota que solo tienen los elegidos, ese día puede pasar de todo. Solo hay que sentarse a esperar y a disfrutar. Suerte que tienen los deportivistas. Últimamente, es tan transparente con su fútbol como cada vez que se pone delante de un micrófono. Quien le defiende, quien escucha, está a merced de lo que inventa con el balón, del mensaje desnudo que piensa soltar. Es lo que tienen los jugadores diferentes, las personalidades directas. Crean lo inesperado, les sale de dentro, dominan la escena. Y es que Yeremay empezó la temporada tímido y lejos del que era. Él mismo lo reconoció y no se hundió el centro del campo de Riazor por verbalizarlo. Pero lleva ya unas semanas mandón, muy mandón, en Segunda. Está empezando a meterse la liga en el bolsillo.

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