En tan solo una semana, en España han ardido casi 100.000 hectáreas, una superficie que equivale a 10 veces el tamaño de Barcelona. Alimentados por un “cóctel molotov formado por calor extrema, falta de humedad, fuertes rachas de viento y una sequía que ha convertido el sotobosque en material inflamable, la ola de incedios que mantiene en jaque a la Península forma parte de una nueva generación de fuegos caracterizados por su rápido avance y virulencia.
¿Por qué son tan rápidos? ¿Cómo se les puede combatir? ¿En qué medida están relacionados con el cambio climático? Aquí van algunas de las claves de los megaincendios.
Los especialistas dividen los incendios en seis generaciones según su grado de virulencia y los retos de su extinción. Los megaincendios hacen referencia a fuegos de cuarta generación (avanzan desde zonas forestales hacia urbanas), quinta (incendios simultáneos extremos, muchas veces en interfases con núcleos urbanos) y sexta (modifican el clima local y son muy difíciles de apagar con medios tradicionales). Estos últimos generan su propia meteorología: crean nubes llamadas pirocúmulos que pueden convertirse en tormentas de fuego, generar rayos, lluvias, o vientos intensos e impredecibles. También avanzan de forma errática: se mueven incluso contra el viento, cambian de dirección rápidamente y crean nuevos focos a distancia.
Sí. Olas de calor, sequías prolongadas, vientos fuertes y baja humedad favorecen los incendios de propagación explosiva. También intervienen, no obstante, factores colaterales relacionados con la acumulación de combustible vegetal provocada por la despoblación rural y el abandono de la ganadería extensa; los cambios en el uso del suelo y una gestión forestal insuficiente, y la despoblación rural y el abandono de actividades como la ganadería extensiva o la recogida de leña, que han hecho que los montes acumulen enormes cantidades de vegetación seca y continua.
Oriol Corbella, inspector de los bomberos de la Generalitat, apunta a que los incendios de última generación requieren un abordaje diferente. “El aumento de combustible en los bosques junto con las olas de calor derivadas del cambio climático hacen que la energía del fuego alcance una velocidad muy difícil de controlar: pueden llegar a quemar más de 10.000 hectáreas en 12 horas, lo que obliga a cambiar la estrategia para combatirlos”. Según este especialista, la dinámica del fuego ha cambiado y las llamas se desplazan a “saltos”, creando puntos de ignición a 100 y 200 metros, por lo que los cortafuegos no funcionan.
“Estos incendios superan la capacidad de extinción de cualquier cuerpo de bomberos, ya que matemáticamente no se puede utilizar el volumen de agua que sería necesaria para enfriar tanta intensidad de energía”. Por tanto, añade, los bomberos deben actuar en la cabeza del incendio aprovechando los cambios de condiciones meteorológicas y cuando se acaba la vegetación que actúa como combustible para las llamas.
Aunque se trata de una discusión muy técnica y los especialistas prefieren hacer análisis cuando se ha tenido el tiempo suficiente para estudiarlos, sí se puede apuntar a que este tipo de incendios, por sus características evidentes, forman parte de los fuegos considerados de cuarta, quinta o sexta generación. Desde Bomberos de la Generalitat remarcan que este año casi la totalidad de fuegos que se han producido en Catalunya han sido menos virulentos, con una expansión de cinco o seis hectáreas por hora, que es lo que se considera un avance “rápido”. Las afectación depende de varios factores como el viento, la vegetación y la topografía.
Sí, precisamente este año. El incendio de la Segarra. Con sus dos fuegos simultáneos que causaron la muerte de dos personas, Cataluña entró de lleno en la era de los fuegos de sexta generación. Aquel incendio extremadamente virulento, avanzó a gran velocidad, acusó un comportamiento errático, generó un pirocúmulos de más de 14 kilómetros de altura y generó una meteorología propia alrededor de las llamas y el humo. “Avanzaba cuatro veces más rápido de lo normal”, apuntaron en su momento los bomberos.
La mejor fórmula, de entrada, es confinarse en casa, aunque será Protección Civil quien determine las indicaciones a seguir. En este sentido, Corbella remarca la importancia de hacer caso de las instrucciones de la administración. “No hay nada más seguro que la trama urbana”. Por eso añade que, pese al calor o el humo, lo mejor es permanecer confinados y solo evacuar en caso de que las autoridades lo ordenen.
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