Much more than water, by Andreu Escrivà

La sequía, que se ha venido anunciando desde hace meses -años incluso- se agudiza y llega a nuevas cotas. El contexto es el de un cambio climático que no solo aumenta la temperatura (el arco mediterráneo se calienta más rápidamente que la media mundial) sino que también altera los patrones de precipitaciones y los ciclos biológicos de las plantas, y favorece incendios forestales. Sin embargo, la subida de los termómetros no explica cómo hemos llegado hasta aquí. La gestión del agua es tan importante como su disponibilidad natural, pero cuidado: hace demasiado que nos fijamos en cuestiones como la eficiencia y que buscamos desesperadamente ahorros marginales, pero no nos enfrentamos a las cuestiones estructurales.

En Barcelona y otros pueblos y ciudades de Catalunya el consumo apenas pasa de los 100 litros por habitante. La asignatura pendiente siguen siendo las pérdidas de la red, que llegan a suponer un cuarto del total del caudal de la red urbana (pérdidas que, sin embargo, están por debajo de la media estatal). La ciudadanía está razonablemente concienciada y, si existe algún mensaje ambiental que está asumido desde hace tiempo, es sin duda el del ahorro de agua, junto con el de separar la basura. Sin embargo, no es suficiente. Tratamos de impulsar el ahorro dentro de un sistema que devora el agua, pero sin cambiar sus cimientos.

Lo que hace falta -y si algo tienen las crisis es que nos legitiman a hacernos preguntas incómodas- es preguntarnos a dónde va el agua de que dispone Catalunya. La práctica totalidad (el 95%) de la disponible en las cuencas catalanas del Ebro, que representan el 48% del territorio y el 8% de la población, es consumida por la agricultura y la ganadería. En las cuencas internas de Catalunya, que concentran el 92% de la población en el 52% del territorio, el equilibrio cambia: los usos domésticos -espoleados por el voraz turismo- representan un 44%, frente al 38% de los agrícolas y el 20% de la industria. La cosa no va, es evidente, de guardar el agua fría de la ducha en un cubo o cepillarnos los dientes con el grifo cerrado (¡aunque esto sea también necesario!).

Necesitamos cambios estructurales, que nos quiten de encima la culpa individual y pongan el foco en el destino del agua y en quién se beneficia de su consumo excesivo. Hablar de la demanda y no solo de la oferta. Exportar millones de cerdos, que nada tiene que ver con la soberanía alimentaria, es exportar hectómetros cúbicos de agua, además de una forma de contaminar los acuíferos y comprometer el suministro. Impulsar un turismo desatado –los turistas consumen más del doble de agua que un habitante nativo– es beberse un agua que no tenemos, como también lo es apostar por los campos de golf o cultivos como el aguacate.

Si algo nos tendrá que enseñar esta sequía es no solo a aprovechar hasta la última gota de agua en nuestro país, sino fundamentalmente a priorizar los usos del suelo en un territorio vulnerable, inmerso en un cambio global. Esta sequía pasará, pero ojalá su legado se quede décadas entre nosotros.

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