El empate de España en la jornada inaugural dejó un mensaje envenenado en el vestuario de Uruguay. La oportunidad de asaltar el liderato de grupo estaba ahí, pero la obligación de no fallar pesaba toneladas. Con esa mochila cargada de plomo saltó la celeste al césped de un estadio imponente, con 62.764 espectadores y pocos espacios vacíos. La afición de los halcones verdes puso el ruido y las banderas, asfixiando a una hinchada uruguaya que tardó en responder.

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