El Túria no dejó nada a su paso. El río junto al que crecieron los pueblos, las urbanizaciones y el esparcimiento, se lo llevó todo por delante. También han desaparecido los millones invertidos por parte de todas las administraciones, planes y líneas de financiación de mejora, adecuación, acondicionamiento de zonas naturales para convertir un río en un parque fluvial, desde Vilamarxant hasta Quart de Poblet. Todo ha quedado en nada. El esfuerzo de más de 30 años se ha borrado de un plumazo y ha puesto las cartas sobre la mesa: la naturaleza es indomable y sigue su curso al margen de los esfuerzos colectivos. No queda rastro de la vía verde, sepultada bajo toneladas de rocas, tierra y arrastres, que no han sido limpiados todavía tres meses después, tanto por sus dimensiones como por las prioridades de la emergencia, centradas en la reconstrucción urbana y de la movilidad. El agua del Túria, por ahora, discurre como si nada hubiera pasado, aunque en una y otra orilla, volver a la normalidad parece impensable.

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