Este viernes se cumplirán dos años de uno de los momentos más felices de nuestras vidas. Era martes, casi miércoles. Ese día en casa nos saltamos las normas y Guillem se fue a la cama tardísimo. De hecho, apagamos la luz de la habitación pasada la medianoche. Supongo que la adrenalina lo mantuvo despierto a oscuras un rato largo, evocando en bucle esa carrera de Sergi Darder hacia el punto de penalti, con la cabeza alta y la mirada fija en la portería. Y por fin, ese golpeo duro con el pie derecho para superar a Remiro y llevarnos a la final de Copa. Llegados a este punto del relato debo hacer fe de erratas y corregir el inicio del texto: ese gol realmente supuso el inicio del mes y medio más ilusionante de nuestras vidas. Si eres mallorquinista, entiendes perfectamente de qué te hablo.
[–>[–>[–>La final, ya lo sabes, la perdimos. Lloramos, pero fuimos muy felices. Y ese año, aunque parezca increíble, faltó muy poco para materializar la tragedia del descenso. El equipo, a pesar del éxito copero, daba muestras de un desgaste que cualquiera que haya respirado fútbol percibiría sin excesivo esfuerzo. Pero no se actuó y se optó por un continuismo destructivo. Y dos años después, en esencia, la plantilla sigue siendo la misma. No ha existido el más mínimo atisbo de regeneración, más allá del cambio de cromos insustancial en la dirección del equipo. El fútbol son ciclos y éstos deben ser más cortos que largos. Y cuando permites que se prolonguen en exceso, la cosa suele acabar mal. El vestuario se ha convertido un espacio repleto de tipos que han dado mucho al club, tanto que al final se han sentido por encima de él o incluso algo mucho peor: sus dueños.
[–>[–>[–>Uno diría que Alfonso y Pablo, los CEO, han centrado sus esfuerzos en convencer a la propiedad de que todo está bien. Y en eso, por lo que se ve, son unos fuera de serie. El presidente Kohlberg da charlas sobre su modelo de éxito mientras el equipo acelera hacia el precipicio.
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El adiós de Jagoba Arrasate es tan doloroso como necesario. Pocos técnicos han generado tanta empatía como el de Berriatua, un buen hombre que acabó paralizado y superado por los acontecimientos y la soledad del cargo. Jagoba se equivocó al creer en dos tipos, los CEO, que le vendieron un proyecto inexistente y que además le dejaron solo ante un vestuario ingobernable. El ya exentrenador optó por un perfil bajo y leal -al menos desde su perspectiva- que lo ha condenado.
[–>[–>[–>El equipo dejó de creer en él y por momentos uno diría que los futbolistas se han reído de él (véase a Antonio Sánchez mirando en primera fila como Hugo Álvarez busca el gol el pasado domingo, en una acción indigna que debería avergonzar al mallorquín). Llegados a este punto, la única solución para intentar salir del hoyo se ha tomado. Diría que muy a pesar de Alfonso y Pablo, que desde este lunes noche ya no tienen escudo. A partir de ahora todas las miradas apuntarán única y exclusivamente hacia sus sillones en el palco. Todos, ellos los primeros, cruzamos los dedos para que el nuevo inquilino del banquillo sea capaz de recuperar el control y las prestaciones mínimamente exigibles de un grupo que avergüenza por momentos.
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Qué lejos queda aquel mes y medio de felicidad que nos llevó hasta La Cartuja. Pero ser del Mallorca consiste en esto: mucho sufrimiento y pequeñas alegrías que quedan para toda la vida. Y por encima de todo, una lealtad a prueba de bomba. Guillem ya me ha dejado claro que la temporada que viene, en Segunda, también estaremos. Sinceramente, sea en la categoría que sea, espero que muchos de ellos no estén.
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