Luis Enrique ha convertido al PSG en algo mucho más peligroso que una colección de estrellas: un equipo con carácter, identidad y una fe absoluta en su entrenador. Van a ciegas con sus teorías. Nunca ha sido un entrenador diseñado para gustar a todos. Ni lo fue en el Barça, ni en la selección española, ni en París. Su forma de estar en el fútbol siempre ha tenido algo de desafío: una mezcla de convicción, aspereza, autoridad y cierto placer por caminar en dirección contraria al ruido. Con él no hay término medio. O se compra el paquete completo o se vive en conflicto permanente con el personaje.
[–>[–>[–>Pero a las puertas de otra final de Champions, quizá haya llegado el momento de aceptar una evidencia: Luis Enrique tenía razón.
[–>[–>[–>Tenía razón cuando entendió que el PSG no necesitaba más brillo, sino más equipo. Durante años, París vivió atrapado en su propio escaparate. Era un club gigantesco, sí, pero demasiado pendiente de parecerlo.
[–>[–>[–>
Luis Enrique ha cambiado eso. No porque haya hecho del PSG un equipo amable, ni porque haya domesticado del todo su tendencia natural al exceso, sino porque le ha dado una estructura mental.
[–>[–>[–>El mérito de Luis Enrique no está solo en ganar. Está en haber convencido a un club impaciente de que el camino también importa. En París, donde tantas veces se ha medido todo desde la urgencia, el asturiano ha impuesto una lógica distinta: correr cuando toca, mandar cuando se puede, sufrir cuando no queda otra y no pedir perdón por tener personalidad. Su PSG puede gustar más o menos, pero se reconoce. Y en el fútbol moderno reconocerse ya es una forma de ventaja.
[–>[–>[–>
También hay algo profundamente luisenriquista en esta final contra el Arsenal. Enfrente estará Mikel Arteta, otro técnico español, otro obsesivo del detalle, otro entrenador que ha construido desde una idea fuerte. Pero mientras Arteta representa la arquitectura, el método y la paciencia casi quirúrgica, Luis Enrique encarna una energía más volcánica. Su fútbol tiene control, pero no renuncia al caos. Tiene plan, pero también colmillo. Tiene autoría, pero no pretende caer simpático.
[–>[–>
[–>Y ahí está precisamente una de las claves. Durante demasiado tiempo se ha hablado de Luis Enrique más por su carácter que por su obra. Como si el ego fuera siempre un defecto y no, en algunos casos, una herramienta de mando. Hay entrenadores que necesitan agradar para sobrevivir. Luis Enrique necesita que le crean. Y cuando un vestuario le hace, sus equipos compiten con una convicción difícil de hacer frente.
[–>[–>[–>
