Se acabó la espera. Después de aquella tarde imborrable de Getafe hace más de cuatro meses, al Celta se le volvió a dibujar en la cara la sonrisa que acompaña la victoria. Mucho tiempo esperando por ella. El regreso de la Europa League a Balaídos sirvió de bálsamo para un equipo que corría el riesgo de desnortarse por la falta de resultados y llevarle por caminos equivocados, lo que siempre conduce a la ruina. La remontada ante el PAOK -claramente inferior a los vigueses- premió a un grupo atribulado y que incluso ayer tuvo que recomponerse después de encajar en la primera llegada de los griegos a su área. Pero en ese momento delicado los de Giráldez cerraron la puerta a las dudas y fueron fieles a ellos mismos, a lo que han sido y a lo que quieren ser.
El partido era una cuestión de velocidad, de ritmo. Cada vez que el Celta aceleraba el PAOK se hacía pedazos. Un par de pases con cierta agilidad eran suficientes para desarmar a los de Lucescu. El problema es que le costó coger temperatura a los de Claudio. Como el motor de un coche algo avejentado que no fuese capaz de dar su rendimiento hasta que lleva un rato en la carretera. Los griegos salieron con la idea de dormir el partido, no comprometer la pelota e instalarse en su campo para contener a un equipo que imaginaban lleno de dudas. Y por momentos se notó que el Celta llegaba a la cita sin saber lo que es la victoria desde que la temporada se puso en marcha en agosto. Se apreciaba en pequeños gestos, en la timidez con la pelota, en el escaso atrevimiento, en que no sale natural lo que debería. El buen criterio en el arranque de Damián (sus primeros minutos en la temporada) y la hiperactividad del incansable de Javi Rueda apenas sirvieron para inquietar a un PAOK que no disimuló sus intenciones ante un Celta excesivamente apocado. Y eso que Giráldez optó por su alineación de mayor jerarquía, con todos los pesos pesados de la plantilla: Starfelt, Marcos Alonso, Moriba, Aspas, Borja Iglesias. En un momento delicado de la temporada el preparador porriñés buscó una tripulación con suficientes horas de vuelo para gestionar los momentos complejos que seguro se iban a producir.
Primer desasosiego
Pero en la vida del Celta no hay un día de paz y sosiego. Siempre hay un momento en el que el cielo se oscurece. Superada la media hora, justo cuando los vigueses por fin habían acelerado el juego y generado las primeras ocasiones (sobre todo en un disparo lejano de Moriba y en aquel mano a mano de Javi Rueda que se estrelló contra el portero) llegó el «tren de la bruja». Un error en la salida dejó la pelota a los pies de Konstantelias, el mejor futbolista del PAOK, que agradeció el regalo para encarar a Radu. Desvió el meta rumano, pero el rechace le cayó a Giakoumakis que anotó a placer.
El momento era delicado por la mochila que traía encima, pero el Celta lo supo gestionar sin el mínimo asomo de pánico. Paciencia con la pelota e insistencia en lo que habían empezado a hacer con mayor eficacia. Cuando el PAOK creía tener en la mano el objetivo de llegar al descanso por delante apareció Iago Aspas para darle a la noche toda su carga simbólica. Una buena combinación entre Mingueza y Moriba acabó con un centro del catalán al corazón del área donde el moañés apareció ejerciendo de delantero centro para conectar un cabezazo inapelable. Era un acto de justicia que el primer gol del Celta en el regreso a Europa fuese obra de quien entre lágrimas prometió en Old Trafford hace ocho años que volverían a jugar en competición europea.
El gol fue determinante en el partido (ojalá lo sea en la temporada). El Celta del segundo tiempo no tuvo nada que ver. Era un motor bien revolucionado y las grietas del PAOK ya estaban detectadas. Los de Claudio agilizaron la circulación de la pelota y los griegos se sentían fuera de la escena. Hicieron un amago de subir las líneas, pero el atrevimiento les duró lo que tardó Javi Rueda en ponerse en marcha y empujarlos de nuevo contra su portero. Además, el Celta añadió a su plan la profundidad que le da Williot. Más allá de su momento de forma, el sueco es quien ataca el espacio con mayor eficacia y peligro para el rival. Sus compañeros lo entendieron bien. Mingueza le encontró a la espalda del lateral derecho y Williot falló en el remate, pero el balón cayó a los pies de Borja Iglesias que con una colección de rivales delante encontró la portería. Está bendecido. Como el tirador que siente la muñeca ardiendo y reclama más lanzamientos. Su sexto partido seguido marcando, una marca que no existía en este siglo.
Entonces sí que sonó la música. Esa de la que Claudio hablaba en la víspera y que alguien (ellos mismos) habían apagado. El Celta disfrutó de sus mejores momentos encontrando autopistas que en nada se parecían a la AP-9 (libres de peaje). Alcanzada la velocidad de crucero ya no existía el partido porque el PAOK no sabía cómo comportarse a ese ritmo. Javi Rueda, incansable, fue un martillo por la derecha y Williot ofrecía soluciones con sus rupturas. Mediado el segundo tiempo Rueda recuperó el balón y puso al sueco a correr para que superase al portero con habilidad y pusiese el sello al primer triunfo de la temporada.
Claudio, a quien una sonrisa relada se le dibujó en el rostro, comenzó a pensar en el partido del domingo y dio descanso a Borja, a Aspas y también a Williot. Fue el momento de que emergiera la figura de Jutglá (que sigue penando en busca del gol, pero lo hace siempre ofreciendo detalles interesantes) y la del pequeño Bryan Zaragoza que regaló una de esas jugadas electrizantes que le hacen un futbolista diferente. Era el día ideal para ello. El estadio entendió que era el momento de dejar volar los sueños, de celebrar y de disfrutar de la primera de las ilusionantes noches que esperan esta temporada. Balaídos se llenó de buenas noticias, pero la mejor fue que el Celta se vio en el espejo y al fin se reconoció.
