Lo de Albacete no es un tropiezo, es una caricatura. Álvaro Arbeloa ha tardado exactamente noventa minutos en demostrar que para ser Mourinho no basta con heredar sus enemigos, sus tics o ponerse un chándal; hay que heredar también su competitividad. El técnico salmantino se presentó en el Carlos Belmonte con el disfraz de Mourinho puesto, con esa mímica de ‘general de brigada’ y ese discurso de trinchera que tanto gusta en su parroquia, pero entregó una de las páginas más negras de la historia moderna del club.

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