Si Antony acaba llegando al Benito Villamarín, habrá que aplaudir con todo el honor del mundo a la dirección deportiva del Real Betis. Un acto de resistencia, inteligencia y control de los nervios para sellar una operación complicada -en primera instancia, inalcanzable- y que eleva el nivel deportivo del club sustancialmente.
El gran objetivo de equipo de las Trece Barras en este mercado de fichajes veraniego, que finalizará en menos de 24 horas, no era otro que conseguir la llegada de Antony. La fórmula, si en calidad de cedido o traspaso, no era tan importante. Lo prioritario era que Manuel Pellegrini pudiese contar con el jugador, y que el brasileño lograse seguir escribiendo bonitas líneas en su excesivamente breve capítulo en Sevilla.
Unos intereses compartidos que ambas partes sabían que no se podrían concretar hasta prácticamente última hora porque el Manchester United, el otro implicado en la operación, quería que el extremo se fuese a otro sitio. O mejor dicho: a un lugar donde pagasen lo que pedían por él; pretensiones inasumibles para un Betis mermado en el aspecto económico.
Antony ha esperado, rechazando ofertas de otros clubes y evidentemente más suculentas a nivel económico. El Betis también ha esperado, aguantando los nervios para no lanzarse al mercado a explorar otras opciones para el extremo más alcanzables. Y finalmente, todo terminará con un final más que feliz.
Según Fabrizio Romano, Antony se unirá al club verdiblanco de manera permanente después de que las interminables negociaciones entre españoles e ingleses termine con una oferta de 22 millones de euros fijos y otros tres en variables. El Manchester United se guarda un 50% de una futura venta y el jugador vuela directamente a Sevilla para superar las pruebas médicas.
Sueño cumplido para ambos. Era difícil de explicar, pero de alguna manera se podía notar que esta historia debía acabar así. El amor entre Antony y el Betis fue a primera vista. Un flechazo en toda regla que no se podía separar. Después de pasarlo realmente mal en el United, el brasileño encontró su refugio en el Villamarín. Volvió a brillar en un terreno de juego, pero sobre todo, volvió a sonreír fuera de él.
Un partido necesitó para callar todas las críticas, ganarse a su nueva afición y demostrar que no venía a Sevilla a aislarse de su realidad en Manchester, sino a redimirse y a volver a destacar. Ahora, su talento, colmillo y ambición aterrizan definitivamente en el Villamarín para relanzar una carrera que estaba destinada a pasar por Heliópolis.
